Publicado el 20/07/2025 por Administrador
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Los recientes enfrentamientos entre milicias drusas y clanes beduinos en la provincia siria de Sweida han encendido las alarmas dentro y fuera del país. Lo que comenzó como una disputa territorial ha escalado a un conflicto de alta intensidad que ha dejado más de 900 muertos en apenas dos semanas, revelando las fragilidades del nuevo gobierno interino sirio encabezado por Ahmad al-Sharaa.
El conflicto representa la primera gran crisis para la administración post-Bashar al-Asad, que había prometido reconciliación nacional y estabilidad tras años de guerra civil. Pero la violencia en Sweida muestra que la fragmentación social y sectaria sigue latente y que las estructuras de seguridad estatales aún carecen del control efectivo sobre gran parte del territorio.
Sweida, de mayoría drusa, se había mantenido relativamente al margen del conflicto sirio desde 2011, preservando una autonomía de facto y una fuerte identidad comunitaria. Sin embargo, la reciente incursión de clanes beduinos sunitas —algunos con vínculos con grupos armados del sur— desató una reacción armada de las milicias drusas organizadas bajo el llamado Consejo Militar de Sweida. El gobierno respondió con un despliegue de tropas y el anuncio de un alto el fuego, pero la violencia persistió, socavando su autoridad.
Este fracaso en imponer orden cuestiona seriamente la legitimidad de Al-Sharaa. Su incapacidad para prevenir o contener los combates refuerza la percepción de que el nuevo régimen aún no ha logrado consolidar el monopolio de la violencia ni generar confianza entre las distintas comunidades del país. En lugar de ser visto como garante de paz, el gobierno comienza a ser percibido como actor externo en regiones con fuerte identidad local.
Además, el conflicto ha expuesto una peligrosa fisura sectaria. Los drusos acusan a las autoridades de no protegerlos y de permitir el avance beduino sobre sus tierras, mientras que los beduinos denuncian represalias indiscriminadas. Esta narrativa dual alimenta una espiral de odio que podría replicarse en otras regiones con tensiones latentes entre comunidades religiosas o étnicas.
La situación se complica aún más con la entrada de actores externos. Israel ha intervenido militarmente, bombardeando posiciones sirias en el sur bajo el argumento de proteger a la población drusa, lo que eleva el riesgo de una escalada regional. A su vez, Turquía y Estados Unidos han actuado como mediadores, promoviendo un nuevo acuerdo de alto el fuego que refuerza la dependencia del gobierno interino respecto a potencias extranjeras para garantizar gobernabilidad.
En paralelo, los efectos colaterales comienzan a sentirse en Damasco y otras ciudades. El temor al contagio del conflicto ha llevado a nuevas movilizaciones militares, restricciones de movilidad y preocupación por el retorno de desplazados. Las autoridades locales han advertido sobre el riesgo de una “desintegración del control central” si no se garantiza una solución política inclusiva en Sweida.
Para el gobierno de Al-Sharaa, la crisis representa una prueba de fuego. Su futuro político podría depender de cómo maneje este desafío: si opta por la represión, corre el riesgo de reavivar el conflicto civil; si se inclina por una negociación seria con líderes comunitarios, podría abrir un camino hacia una descentralización pactada. Pero cualquier opción requerirá tiempo, liderazgo firme y un sistema de justicia creíble.
Mientras tanto, Sweida sigue siendo un espejo incómodo para el nuevo gobierno: refleja la fragilidad institucional del país, la vigencia de identidades sectarias armadas y el largo camino que aún le queda a Siria para reconstruir no solo sus ciudades, sino su contrato social.